Un manual del siglo primero: El arte de amar

 «Si hay alguien entre el público que no conozca el arte de amar, que lea esta obra y, cuando se haya documentado leyéndola, que ame.» Un maestro que dirige su sabiduría, sabiduría muy antigua de hecho, tanto a hombres como a mujeres con el fin de enseñarles a amar y llevar hasta los límites de sí mismos el fuego de su pasión. El amor aquí es un juego, una danza, un ocultamiento y un develamiento, un juego de sombras donde la luz hace presencia intermitentemente. El amor como esa metáfora de un Ícaro que debe volar sin excesos, sin acercarse demasiado al calor del sol o a las olas del mar. El amor como ese monstruo que hay que saber dominar, como ese carruaje conducido por caballos que se debe llevar por el camino elegido. El amor como esa llama que arde de modo distinto en cada persona. La pasión que puede desbordar los límites de la razón, como un ácido carcomiendo una piedra.

Es preciso trabajar paso a paso para hacerse con el amor elegido. Primero, el descubrimiento. Hay que ir a unos lugares específicos, observar bien, apreciar, saber lo que se quiere. Reconocer con los ojos lo que la mente quiere. Segundo: La conquista. La verdad absoluta de que no hay dificultades, no hay imposibles, pero que sí hay luchas dificultosas, requerimientos fallidos. “Sólo lo difícil es estimulante”. La sentencia de Lezama se aplica favorablemente. Es necesario saber jugar, saber adivinar; posteriormente, percibir, insistir. Aquí el arte de seducir es el arte de actuar, de hacerse pasar por otro para así terminar en uno mismo. Se vale desbordarse, dejarse llenar poco a poco de la esencia del otro, de esa singularidad desconocida que es su alma. Y ese desbordamiento se manifiesta en palabras, en ese río invisible con el que intentamos recorrer el abismo ajeno para no ver donde acaba o donde hace mella. Sin embargo, no se debe enamorar de la misma forma. Ningún ser o ninguna empresa de conquista puede acometerse con las mismas técnicas, de la misma manera que no se batalla igual en una playa como en un desierto.

Tercero: El mantenimiento. Ovidio discrepa de esa verdad socrática interpretada por Lukács que afirma que el amor más perfecto es aquel que no tiene respuesta porque es el fin de la propia perfección. Aquí el amor es el equilibrio, el trabajo, la costumbre. El amor no es un puente que se sostiene de un solo lado como nos ha enseñado Cortázar. No hay que dejar que la construcción se torne en ruinas, pues justo que el incapaz pierda todo lo que antes ganó. No hay que dejar que el amor se corrompa por la duda y la separación y se convierta luego en un laberinto de desilusiones, en esa red en la que fueron atrapados Venus y Marte.

El amor se acrecienta con el acto sexual, según el poeta. Allí no debe haber prisa, no debe haber placer propio, se debe enfocar en el otro. «Verás entonces sus ojos chispear con brillo tembloroso, igual que a veces el sol reverbera en el agua transparente. Vendrán después los quejidos, vendrá el amable murmullo y los dulces gemidos, y las palabras propias del juego.» Pero el acto debe ser oculto, íntimo, un encuentro mutuo donde ambos seres de enfoquen y se disgreguen, se dejen llevar y, posteriormente, caer; para, de nuevo, volver a ascender, volver a buscarse en el otro, volver a intentar ser uno y no poder serlo.

El texto habla con sabiduría de lo infinito, canta los bienes del amor, pero todo es fugaz alusión, singular experiencia. Las palabras del poeta insinúan esas palabras no dichas de una pasión. Todo es una exhortación a dejarse llevar por las tácticas y técnicas de un juego, de una adicción, que ralentiza el propio mundo y el ajeno que, para Dante, mueve el sol y las estrellas.

Hans Medrano

Bogotá (1986). Profesional en Estudios Literarios, Universidad Nacional de Colombia. Poeta y narrador.