Robert Mapplethorpe: Flores

A Lupita

La fotografía de flores en la obra de Robert Mapplethorpe es considerada por el autor como su producción con mayor carga erótica y sensual ¿A qué se debe esta afirmación tan categórica si a primera vista se ve en las fotografías florales, flores y nada más que flores? Son muy pocas las fotografías en las que persisten los arreglos florales, floreros y algunas las que interactúan con modelos humanos desnudos.

Es preciso realizar una serie de aclaraciones como que para Mapplethorpe las flores no representan un fetiche, pues está lejos de obsesionarse con las flores mismas. En la entrevista con la crítica de arte Anne Horton confirma la sospecha: «I don’t love flowers and I don’t like having them…» —No soy amante de las flores y no me gusta poseerlas—.  Si Mapplethorpe no es un decidido botánico, un amante de las flores ¿en qué consiste sus largas series fotográficas dedicadas a ellas? Tal vez la aclaración resulta obvia para un fotógrafo, mas no para el espectador de sus fotografías: Mapplethorpe ama las fotografías de las flores, no las flores en sí; se aleja de entenderlas en relación con el tópico más común, carpe diem o la belleza fugitiva:

«Horton: And watching them die? —Y verlas morir—.

Mapplethorpe: And watching them die and feeling guilty about them. I can’t have part of my life devoted to flowers. But I can photographing them… I’ll sort of force myself to photpgraph them before they die because I know I can get a good picture of them» —Y verlas morir y sentirse partícipe de ello. No puedo dedicar una parte de mi vida a las flores. Pero, puedo fotografiarlas…me propongo fotografiarlas antes de verlas morir. Sé que puedo conseguir una buena imagen de ellas—».

La respuesta del artista se encuentra dirigida a las posibilidades de visión que ofrecen las flores como cuerpos que se escriben en sus intereses formales: encontrar cuerpos susceptibles a ser fotografiados con un espectacular juego de luces, en donde los mismos cuerpos desplieguen una mayor concentración y diseminación lumínica; y cuerpos humanos, que a su vez concentran un alto grado de potencia energética. La distinción entre cuerpos florales y cuerpos desnudos humanos nunca existió la mirada de Robert Mapplethorpe. En ambos casos se encontraba la energía vital en el máximo punto de concentración; su fotografía refuerza esta concentración a partir de dos estrategias visuales: aislar el objeto de su contexto original y ubicarlo en un contexto neutro en donde sea el objeto el protagonista; segundo, iluminarlo de tal manera que el objeto muestre con fuerza contundente su potencia material y revele para la cámara su riqueza formal. Para Robert Mapplethorpe las flores no constituyen el símbolo de la sexualidad de la cultura, sino el sexo mismo de la vida. Sus posiciones y encuadres son los mismos que utilizó para fotografiar los órganos sexuales humanos.

The complete flowers- Portada

The complete flowers- Portada Ed. teNeues 2006.

Pero la literalidad de las flores y la de los órganos sexuales abogan por algo mucho más profundo que el gusto por las flores y por los órganos sexuales: estos dos motivos revelan lo potente no de manera esencial, es decir no como concepto abstracto, sino acentuando su materia potente. La apología material que realiza a los cuerpos convierte a la piel humana en mármol o bronce, y la textura vegetal en materia estelar.

La transformación y dignificación del material, demuestra que la teología de Robert Mapplethorpe se encuentra en las cosas mismas y que el artista es quien debe sacarlas de sus ámbitos comunes de circulación, cosificación y consumo y devolverles su sentido mágico–ritual.

Por esta razón, Robert Mapplethorpe es considerado el mejor fotógrafo de finales del siglo XX, pues sus fotografías le devuelven el poder a las flores mismas y en él se revela todo su esplendor y belleza, toda su energía sexual y capacidad creadora.

Alessandra Mauro sostiene es su capítulo dedicado a Mapplethorpe del magno libro Grandes Fotógrafos (Blume): «El mundo de Mapplethorpe y sus humores se encuentran todos aquí, en la cavidad de una flor que el ArtDéco ya la había elegido como su emblema, y que habían captado los pintores y fotógrafos de las décadas de 1920 y 1930 infundiéndole un mayor vigor. Basta pensar en las calas de Edward Weston, encuadradas en un recorte de vidrio, o las de Tina Modotti, Imogen Cunningham y Man Ray, pura energía de formas; y también en las de Georgia O’Keeffe, o junto a ellas las pintadas por Diego Rivera, esplendor cegador sobre la piel dorada de un desnudo de mujer. Haciendo gala de la sabiduría de un hombre culto y la astucia de un pequeño fauno, Mapplethorpe recoge ésta herencia, ya plena de erotismo, y la trasporta a los abismos underground de su obra. Como si fuera un ligerísimo e inmaculado contrapeso a un universo vestido de cuero y cadenas. Ocasión de otra virginidad reconstruída sobre la piel, entre bocas abiertas de orquídeas, puntas agudas de aves del paraíso, capullos de tulipanes, y otra vez las calas fotografiadas como si fueran un triángulo de terciopelo blanco del que aflora la evidencia de un coito».

Aunque sus fotografías de flores (275 en total) abarcan su producción entera, desde las primeras Polaroid en 1973 hasta las últimas impresiones de gran formato en 1989, prevalece en ellas la gran simplicidad compositiva que acompaña cada uno de los retratos. La simplicidad se convierte en un arma radical, pues si se comparan las estrategias visuales con los artistas pop en ellos impera la repetición, la reproducción y lo abigarrado. Si Warhol deseaba rebatir el estado ontológico actual del arte, Mapplethorpe estaba un punto adelante pues creaba otra ontología. Si Warhol quería desmitificar al artista clásico y académico, el estatus, el mercado de la obra de arte y del artista, Mapplethorpe deseaba la creación del nuevo reino de la imagen en donde las cosas adquirieran dimensiones sagradas, el artista podría reunirse de nuevo en diálogo con el mago, y la obra podía adquirir estatus y poderes rituales.

Las fotografías de Robert Mapplethorpe son alabanzas a lo potente y una nueva declaración de principios artísticos; se trata de una propuesta y no de una protesta como en la característica del pop art y el arte conceptual.

Mapplethorpe tenía una sensibilidad única y a través de su visión encontraba la perfección en ciertas escenas que para la mirada común resultan repulsivas. Su relación con la realidad era de orden eminentemente estético, por tanto no ejercía discriminación política ni moral en ciertas acciones. Como bien se lo explica a John Ashbery: «”If I photograph a Flower or a cock, I’m not doing anything different” —Si hago una fotografía de una flor o un pene, no realizo una acción diferente—.

La no distinción gráfica, intencional y retórica entre flores y órganos sexuales, además de conferirles una categoría elevada de valor dentro de los objetos, crea una distancia temporal gracias a la entronización del aura de la obra de arte.

Las flores se convierten en motivos clásicos así como los desnudos y las escenas eróticas masculinas: crean la ilusión de una Arcadia homoerótica, botánica en donde impera el reino de lo potente y las energías gravitantes en los hombres. El esfuerzo de Mapplethorpe se hace evidente en sus fotografías cuando su negro profundo le da cierta gravedad a los objetos como si la noche cobijará los enigmas y los regalara al cielo como estrellas.

Su mayor logro es convertir las imágenes fotográficas en motivos clásicos, dignos de recuerdo. El sentido de lo clásico revela la utopía invertida de Mapplethorpe. Sus flores en vez de simbolizar el momento de esplendor antes de la muerte, reflejan el momento perfecto que puede ser convertido en mármol a través de la fotografía. Por ello las flores de Mapplethorpe son una manifestación de la felicidad y el amor por la vida.

The complete flowers- Exposición N.Y.

The complete flowers- Exposición N.Y.

Carlos Fino

Carlos Fino

Historiador y teórico del arte. Premio Casa de las Américas 2014.