La vejez contemplativa o el erotismo visual de Henning Carlsen y García Márquez

Memoria de mis putas tristes, película del director danés Henning Carlsen, adaptada de la novela homónima de García Márquez y estrenada a nivel mundial en 2012, no ha sido proyectada masivamente en Colombia. ¿Será por la supuesta apología a la pedofilia? Tampoco se encuentra programada para ser estrenada éste año. Es una lástima que una obra maestra del cine y la literatura sea interpretada y juzgada parcialmente. Vale la pena argumentar que el tópico central de la obra es la contemplación y no la pedofilia. El artículo, en un atrevido contrapunto rastreará la mirada contemplativa en la obra de Márquez y sus referentes literarios, así como en sus personajes. Irá tras bambalinas en la pista de las diversas censuras del libro y la película. Finalmente intentará mostrar los encuentros visuales de Carlsen y Márquez en la historia del Sabio y el erotismo material del Caribe.

Según Lezama Lima llegar a la habitación paradisíaca del mundo es llegar al sumo estado de la contemplación: “dichosos los efímeros que podemos contemplar el movimiento como imagen de la eternidad y seguir absortos la parábola de la flecha hasta su enterramiento en la línea del horizonte” (1968).

Cuando el hombre contempla la vida como una obra de arte, y se siente el espectador privilegiado, como si la orquestación celestial se pusiera en marcha para sus ojos, ha llegado a la habitación paradisíaca  Es el estado de Gabriel García Márquez que descubre su mirada contemplativa al leer «La casa de las bellas durmientes» (1961) del primer premio Nobel japonés, Yasunari Kawabata, y la constata en un vuelo París–Nueva York con su compañera de asiento. Esta experiencia la documenta en uno de sus «Doce cuentos peregrinos» titulado «El avión de la bella durmiente» (1982):

El clima de su respiración era el mismo de la voz y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.

No es una coincidencia el descubrimiento de la mirada contemplativa para los autores y personajes de éstas historias: para García Márquez llega justo el año que recibe el Premio Nobel de literatura; para José Lezama Lima cuando escribe su último ensayo «Confluencias»; cuando el Sabio —interpretado magistralmente por Emilio Echeverría— considera su labor en vida concluida y renuncia al periódico La Paz; cuando Euguchi —personaje de Kawabata— se abandona en la contemplación al final de su vida. Henning Carlsen, que tiene casi la misma edad de García Márquez —aún la lozanía, a sus ochenta y cinco, para dirigir una película—, descubre en 2005 el tópico de la contemplación al leer «Memoria de mis putas tristes». Existe una relación enorme entre la sabiduría otorgada por los años y el total cumplimiento del destino: en ese punto se obtiene la mirada contemplativa.

El Sabio sabe que su labor está cumplimentada; se sabe último, cerca de su muerte y con un capricho de cumpleaños: una noche de amor que para él será la última y para Delgadina la primera. La primera imagen del Sabio se enmarca en el patriarcado caribeño: transacciona con la virginidad de las jóvenes; para esta sociedad es un bien preciado que se puede pagar con la vida, como el mismo García Márquez muestra en «Crónica de una muerte anunciada» (1981). La recepción de ésta primera parte del libro llevó a múltiples críticas y censuras. El primer impulso del Sabio es la pederastia y la pedofilia, que le es firmemente criticada al Nobel por el eminente Francesco Volpi, unos días antes de su muerte. La traducción al farsi es censurada por el ala más conservadora del gobierno iraní; sin embargo, no son retiradas las 5000 copias del mercado que se agotan a las dos semanas. La película también fue censurada por este tópico y fracasó el primer intento de rodaje en Puebla (México); un grupo de activistas entre ellas Lilia Castro y la directora regional de La coalición contra el tráfico de mujeres y niñas en América Latina y el Caribe, Teresa Ulloa, la consideraron apología de la pedofilia y la trata de blancas. La película finalmente se rodó en Campeche (México), con el seudónimo «Sueños del Caribe». Según Carlsen: “el gobernador nos dijo: ‘leí el libro, me encantó. Trae la película’. Pero muchos lectores de Márquez y el mismo Carlsen saben que la película tiene una dirección de crecimiento moral: del pedófilo al enamorado; del que paga por sexo al que se interesa por el bienestar del otro; de la trata al amor, y al renacimiento de la vida a los noventa años. El impulsador de las trasformaciones es el amor contemplativo.

El despertar de la mirada contemplativa del personaje inicia su metamorfosis moral, y por tanto vital. Cuando el Sabio admira a Delgadina —nombre de hermoso cancionero medieval— la entiende como obra acabada; lo perfecto en sí, en plena inmanencia, paz y reposo. El Sabio, por consejo de Rosa Cabarcas —interpretada por la increíble Geraldine Chaplin, hija de Charles— la deja dormir; intenta acercarse pero la niña finge sueño y el viejo se da por vencido. La niña se despierta cuestionada: ¿por qué el viejo no siguió insistiendo y se durmió? Le parece extraño e investiga sus prendas; inicia un juego de mutuos rechazos y obligadas compañías que ponen en último plano el sexo y en primero la estancia. El viejo desea habitar la atmósfera de Delgadina; pasar la noche en paz y reposo sabiendo que duerme con él una hermosa ninfa. Delgadina duerme a la espera y se acerca más al Sabio. El Sabio irradia la contemplación a todas las cosas y se declara enamorado por primera vez a los noventa. El lirismo explota: por primera vez publica una epístola de amor en el diario La Paz que lee a Delgadina, la bella durmiente. Según Juan Gustavo Cobo Borda, «Memoria de mis putas tristes» es la manifestación más lírica de un “entrecruzado estuario de afluentes poéticos que convergen para nutrir el ancho mar de su narrativa” (2006). El canto de Rubén Darío aflora en las páginas de García Márquez, y para el viejo, el mundo comienza a ser de nuevo. Como dice Sloterdijk: “venir al mundo, venir al lenguaje”: renace. El tópico de Don Juan se invierte y termina lúcidamente enamorado: de Casanova a doliente.

Pero Carlsen comenzó enamorado. El eros contemplativo de la senectud estaba en él al iniciar la película; su descubrimiento visual del Caribe se adosa de Chopin, Mozart y una increíble música creada para contemplar. Música y paisaje afloran pornográficos ante la mirada del director que detiene los planos, recorre las calles, se posa junto al mar y mira el atardecer. Sin embargo, el director es muy cuidadoso con la pedofilia: intenta que Delgadina parezca no menor de 22, y que la escena del niño en el prostíbulo fuese rápida y mesurada. Tiene la intención de diferenciar erotismo contemplativo de trata de blancas. Lo pornográfico en su mirada son las escenas de la ciudad, la materialidad de las cosas, los detalles arquitectónicos, la quietud, el litoral.

Los tres renacimientos confluyen, como los ríos que conforman el Puraná —río imaginario que lleva a los hindúes al paraíso—: el renacimiento visual de Carlsen, el vital del Sabio y el literario de García Márquez —quien no publicaba desde su autobiografía «Vivir para contarla»—. En definitiva Carlsen y Márquez se encuentran en la imagen, absortos y contemplativos.

Existe una clave temporal que puede arrojar una interpretación diferente a las dadas por la crítica. La bella durmiente invertida se puede entender como una versión de «Viaje a la semilla» del gran narrador del Caribe, Alejo Carpentier, en versión enamorada. Me explico: una de las primeras escenas de la película muestra con un plano secuencia–picado, casi cenital, la fábrica de botones donde trabaja Delgadina. Las abotonadoras escuchan la lectura de «La bella durmiente» de Charles Perrault. La bella durmió cien años después de un pinchazo, como el que se puede dar Delgadina pegando botones. El Sabio espera casi cien años de soledad y putas, para encontrar el amor al final de su parábola: fue ‘pinchado’ por la primera prostituta que lo sedujo cuando era infante y liberado por la ráfaga visual de Delgadina, o el amor de vistas —una variación del Amor cortés medieval—. El tiempo cambia de vector y el Sabio, que desde los cuarenta y cuatro se sintió viejo y una especie de filósofo antiguo, rejuvenece. El itinerario del Sabio se puede comparar como el de Marcial al ver que el tiempo retrocede y todo vuelve a brotar: sus cosas, sus recuerdos, su madre y el amor. La película y el libro terminan en un desbordarse lírico y esperanzador: con el amor, volvió a nacer el lenguaje. Porque el renacimiento del lenguaje es el renacimiento de la intermediación del hombre con la naturaleza; llegar al paraíso en la tierra es habitar poéticamente el mundo, vivir enamorado de la vida, de las cosas y la naturaleza. La mirada contemplativa es la última parada del ser: esa que lo puede llevar a los últimos renacimientos, a vivir como un dios pagano, enamorado, embriagado y bailarín. El viejo Sabio se convierte en un viejo sátiro: Apolo y Dionisio toman las manos y fundan un nuevo orden de las cosas.

Carlos Fino

Carlos Fino

Historiador y teórico del arte. Premio Casa de las Américas 2014.