Julio Medem: Los amantes del círculo polar

¿Desde qué perspectiva se puede sostener que el amor es una experiencia circular y extemporánea? ¿Cómo esta experiencia ligada a la temporalidad del mito puede convertirse en teleología cinematográfica?

La forma común consiste mirar de lejos y hablar del amor como un fenómeno objetivo. Enmarcarlo en un espacio cartesiano de representación y usar las técnicas, enfoques y planos cinematográficos establecidos para mirar con ojos de taxidermista la cosa en sí.

Pero el reverso, lo incorrecto implica saltar al vacío y reconocer al amor como una experiencia vital: para llevar a cabo este reconocimiento el director debe recrear el cine. Cambiar su teleología y proyectar una retórica visual que no represente el amor sino que lo haga vivir. Los amantes del círculo polar (1998) de Julio Medem (1958) es una película que  sin lugar a dudas se lanza al vacío.

Los amantes del círculo polar en la cuarta ópera magna del director nacido en San Sebastián (País Vasco), autor de la obra que lo dio a conocer a nivel internacional Lucía y el sexo (2000) protagonizada por Paz Vega. Aunque la profesión original del director en la psiquiatría, desde temprana edad realizó cortometrajes en video–ocho con su hermana Ana. En su época universitaria colaboró simultáneamente con revistas especializadas en cine como cronista y comentarista. Su film La ardilla roja (1993), segundo largometraje del autor, le mereció lúcidos comentarios entre ellos los de Stanley Kubrick y Stephen Spielberg que le propuso dirigir algunas de sus obras. Sin embargo, Medem creían en su propuesta autoral, por lo que agradeció la deferencia del magno director.

Poster promocional

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La propuesta de Medem —también guionista— en Los amantes del círculo polar es ambiciosa: se trata de crear dispositivos retóricos y estructurales que hagan de la experiencia sucesiva y lineal del lenguaje audiovisual, una experiencia circular que retorna y se espirala: una experiencia vital. Por tanto, los recursos de anticipación, recuerdo y prospección dejan de convertirse en recursos narrativos para ser lo principal de su propuesta.

Otto y Ana, ambos nombres palíndromos (capicúas), es decir se leen igual al derecho y al revés, son los nombres de los personajes principales de la obra. Estos nombres no tienen comienzo ni final, son hermosas esferas a razón de repetirse dejan de fluir en el tiempo para convertirse en tiempo. Medem usa los nombres para nominar la estructura episódica, que se repiten como voces, como ecos de un amor en el origen de los tiempos. Ana y Otto son los ecos que se buscan en el espacio erótico. Ambos son los amantes, el principio y el final. Más ambos tienen visiones distintas acerca del amor y el destino: Otto es un ser causal, cree en el destino y en la estocástica. Le gusta procrastinar, pensar en sus probabilidades, probar su destino y comprobarlo en todo momento. Llega lanzarse al abismo en un trineo para comprobar el momento de su muerte. Otto no muere y se pregunta por qué. Su respuesta se conocía: no era su momento porque tenía un destino que cumplir y su voluntad no podía hacer mucho en contra del determinismo. Ana es su anverso: le gustan las casualidades. Su territorio es el azar. Cree que una suerte innombrable abraza su existencia. Confunde las generaciones: al principio cree su padre reencarna en Otto. También que cuando llega el frío las casualidades aumentan: «cuando hace frío a la mayoría de las cosas van más de prisa: me encantan las casualidades». Ana es el frío y el azar; Otto el calor y el destino.

Ambos son víctimas de la vida que los reúne y separa a su antojo: tienen que ser hermanastros por voluntad de sus padres o mejor de un destino que los reúne: el padre de Otto y la madre de Ana se enamoran cuando recogen a sus respectivos hijos en el colegio. Pero Otto estaba enamorado de Ana. Ambos vivieron el amor en silencio: el despertar sexual de la adolescencia estuvo marcado por la luna que anunciaba los encuentros sexuales y la sensación de saltar al vacío del tabú y la prohibición. Fue un amor intenso y escondido. Ana narra: “y nunca tuve el corazón tan rojo”. Su condición de hermanastros configura una falsa tragedia y maldición al nivel de las castas. Ambos amantes, en su adolescencia reconocieron la tierra del caribú y el círculo polar en donde se ve el sol de medianoche: bajo este signo cósmico sellaron sus pactos de amor adolescente, hasta que a Otto se le muere la madre y decide ir a buscar su destino.

En la ausencia llegaron los recuerdos: ambos quieren reencontrarse en el eros de la lejanía, en un espacio utópico y construido para los dos: el círculo polar. Ana llega en su viaje de estudios y decide ir a Finlandia a aclarar su mente. Otto ya es piloto y trabaja en la aeromensajería finlandesa. En ésta ausencia también aparece la conciencia de su signo amatorio: Ana recuerda: «una tarde de domingo descubrí que Otto estaba enamorada de mí»; a Otto la visión le llega después de la vorágine sexual en los años de la adolescencia. Otto vive la experiencia de la muerte a través de un ojo, de un círculo que marca la pérdida de su madre.

Otto el piloto

Otto el piloto

Esto no impide buscar un nuevo círculo, el polar, para reencontrarse a pesar de todo en el territorio más utópico, donde el sol serpentea pero nunca se esconde. Otto llega por Ana en paracaídas y queda enredado en los árboles. Ana sale a buscar noticias de él a la ciudad. Otto se libera y va a su encuentro. Ana es arrollada por un autobús a los ojos de Otto y mueren sus brazos. El destino impidió que el círculo se consumara, pero no que los amantes persiguieran el amor como un imposible y como una utopía. Ambos a su manera saltaron al vacío. Ambos amaron.

Carlos Fino

Carlos Fino

Historiador y teórico del arte. Premio Casa de las Américas 2014.