Jean Genet: Un chant d’amour

Un chant d’amour – 1950:

Es la única película dirigida por el controvertido escritor francés Jean Genet (1910-1986). Fue reconocida dentro de sus obras recientemente, pues nunca fue exhibida en Francia por las políticas de censura vigentes en los años cincuenta que la mantuvieron al margen durante veinticinco años. El film es dirigido en pleno auge de su obra literaria y dos años después de salir de prisión. En la década de los cuarenta Genet es encarcelado una decena de veces por múltiples delitos como robo, mendicidad, conducta delictiva, falsificación de documentos y obscenidad pública. En la cárcel escribe su magnífica novela Notre Dame des Fleurs (1944) y su más afamado y censurado poema La condamné a mort (1942), ambas obras publicadas con dineros propios.

Un canto de amor es un cortometraje en blanco y negro de 26 minutos, protagonizado por Java, André Reybaz, Lucien Sénémaud y Coco Le Martiniquais, con la producción de Nikos Papatakis, y la colaboración de Jean Cocteau y Jacques Natteau. En él se retoman los tópicos desarrollados a lo largo de su obra y en especial las imágenes del poema El condenado a muerte. El film explora los delirios del deseo masculino en prisión y muestra la imaginación y el onanismo como el dispositivo que puede engendrar la libertad.

Las paredes de la cárcel conforman el límite entre los cuerpos. Gracias al deseo los muros se convierten en membranas comunicativas y testigos de los encuentros imaginarios. La pared es la piel que besan los presidiarios, abrazan y perforan como una dermis en busca de placer. A través de pistilos y perforaciones en el muro trasmiten el humo, como quien comparte los vestigios del fuego prometeico que convierte a los reos es cuerpos trasmigrados por el placer. Cada prisionero conoce el deseo al otro lado de la tapia y reconoce el contiguo onanismo de su compañero de flagelo. La prisión fomenta el deseo teleo-erótico, ya que sus divisiones rígidas exigen que la imaginación se proyecte como líquido comunicante.

El guardia se hace preso del deseo por los convictos y, a través de los sistemas de vigilancia y control, goza de la visión sexual. El guardia es un voyerista desenmascarado por la cámara y el personaje más descarado de la obra. Los prisioneros se reconocen libres cuando la voracidad los posee y se entregan al delirio de su pecho incendiado. En la prisión preside el eros de la lejanía. El onanismo de los prisioneros se desarrolla en un nivel sin precedentes para la mirada de occidente, pues la cámara gravita como un ojo que goza en el desvelamiento del voyerista y como voyerista proyectado. El acto imaginativo convierte, en la mirada de Genet, el estar consigo mismo en un acto ritual de exploración dansística y visual. Los cuerpos encarcelados se encuentran libres en el reino fugitivo de la imagen en donde el eros no conoce los límites del espacio, pero sí los del tiempo.

Los deseos pendulan en las visiones del presidiario y se presentan como las Flores del mal, como si estuviese condenado a presenciar un banquete al cual no se encuentra invitado. El guardia en represalia latiga al reo y el reo al reconocer su envidia se burla porque sabe que su reino se encuentra en otro mundo, plagado de árboles y hombres, en donde jamás llegará la imaginación del presidiario. Las imaginaciones del preso construyen una utopía edénica en donde el amor libre entre los hombres se convierte en modélico. El film se encuentra plagado de motivos botánicos que en compañía de los eróticos, promueven la comunión entre la sexualidad de la naturaleza y la de los hombres. Cuando el guardia reconoce su ausencia en la utopía de los reos, como medida desesperada intenta asesinar con su pistola insertándola en la boca del doliente. Ésta escena revela, como en una visión mística, el placer que el acto de sodomía le provoca y, finalmente, reconoce su innegable deseo hacia los hombres.

La película de Genet no solo convierte en héroes a las víctimas de la vida moderna, como lo quiso Baudelaire en su obra lírica, sino que muestra una vía de reconocimiento y amor entre los hombres que puede replantear el determinismo moderno del excluido, integrándolo en una nueva visión. El film tiene un gran valor narrativo revelado en el encadenamiento de la imágenes que produce causalidades propias. Éste experimento narrativo no pierde vigencia, y para nuestros días sigue siendo una estructura espacio-temporal propositiva. Su otro gran valor reside en su excelencia fotográfica y compositiva que desarrolla en magnífico contrapunto con los grandes descubridores del cuerpo masculino para la fotografía: el Surrealismo y el Dada.

En 1966 Sol Landau exhibió la película en Berkeley, California. Inmediatamente fue investigado y acusado por el Tribunal Superior del Condado de Alameda el cual declaró que su obra: “revela explícita y claramente actos de masturbación, sodomía, sexo oral, voyerismo, sadismo, masoquismo y nudismo”. De ésta manera, Landau fue condenado por “pornografía barata con el fin de promover la homosexualidad, la perversión y las prácticas sexuales morbosas. La decisión fue apelada en múltiples instancias, pero finalmente ratificada por la Corte Suprema de los EE.UU., según los investigadores Jonathan Green y Nicholas Karolides en su magna obra The encyclopedia of censorship. En 2005 el film fue recuperado para un vídeo-concierto de la banda Mansfield TYA.

Portada de Un chant d'amour

Portada de Un chant d’amour

Carlos Fino

Historiador y teórico del arte. Premio Casa de las Américas 2014.