Hans Medrano: El peso del dolor

Y fue aquella noche de aquel día en que la arrastré hacia mí, en la que me uní con ella como la tierra y el cielo en una sola unidad y, al tiempo, en dos regiones diferentes. Fue esa noche cuando entré en ella, mientras la negrura de esa hora y la oscuridad de su habitación nos rodeaban. Cuando la muerte de una espera fue fulminante y uno que otro gemido repartido fue la celebración por esa muerte. Ella se ofrecía como un abismo, como una vida física para mí, se abría como una palabra desdoblada en eco, se extendía como lo hacía mi fuego y su fuego interior, se movía con los palpitantes segundos, reafirmando su amor, su deseo, los minutos en donde nunca estuve, las horas en donde yo estaría. Y mis brazos la sujetaban, la amarraban como un rezo amarra a un dios, la sometían a mi cuerpo mientras los suyos me sometían a su alma. Me besó el cuello y yo con mis labios recorría los botones púrpura de sus pechos y yo con mis dedos caminaba entre desesperado y tranquilo por sus montañas aterciopeladas, por sus valles tibios, por la grieta oscura y aromática de su vientre. Y esos mismos dedos recorrían y presionaban su espalda, sus nalgas, sus muslos, sin darle dolor o molestia solamente intentando entrar más en ella, intentando sumergirse en esa suavidad de la que solamente era dueña ella y que me enloquecía, que me extasiaba. Al tiempo, ella se hacía más alta que yo y, sentada sobre mí, me cabalgaba, se perdía en regiones inhóspitas, en el río desbocado del placer y el éxtasis y humedecía sus dedos entre los labios de ese río, palpaba la superficie de ese movimiento sobre el que ella descansaba. Poco después la agarré y yo era el río con manos que la hundía dentro de mí y ella era la tierra firme que separaba las aguas y todo lo que pasaba no era más que un terremoto, no era más que una agitación de tiempo y espacio, de seres, de almas, de ojos que miraban el infinito bajo los párpados cerrados, de dientes que apretaban el aire indomable que a ambos nos respiraba. La niebla poco a poco cubría la ventana pero ambos con mirada somnolienta nos reconocíamos nítidos, sonreíamos bajo los labios humedecidos, bajo las mejillas sonrosadas, bajo el mundo de afuera y sobre el mundo de adentro. Y el suave murmullo, la dulce respiración paulatinamente devino en suspiro hondo, en gemido agigantado con los segundos como si no hubiera suficiente aire para los pulmones, como si el ser se escapara por las ventanas del lugar o se arrojara al vacío desde ese cenit del que ambos nos habíamos adueñado. Allí llegamos los dos y felices nos apretábamos como si con eso lográramos amarnos más o por lo menos reprimir esa eternidad que a empellones habíamos conseguido. Ya éramos un ser, ese simulacro de conjunción que le había arrancado un mordisco profundo y sin dientes, vida a la vida, muerte a la muerte, sueño al sueño. Y abrazados y quietos dejamos que la noche nos sobrevolara y nos empujara a través de ese mar en donde nos habíamos metido y en el que casi sucumbimos por el ahogo; dejamos que nos llevara paulatinamente sobre esa cama-bote a otras regiones ignotas en donde podríamos estar juntos para siempre o, tal vez, nunca separados.

[…]

Ayer los placeres se colaron en la habitación, su piel suave, sus ojos fijos se posaron sobre mí mientras sus lentos gemidos eran una música desconocida pero seductora. Había poca piel para cubrir tanto deseo y la oscuridad no era necesaria porque de hecho el mismo acto carecía de límites y la luz no interfería en ese territorio. Las palabras suyas que se escapaban enaltecían mis ganas de poseerla con más rigor, con más determinación, sin necesidad de cuestionarme por ello. Sus besos se acumulaban en mi boca y era una sencilla y, al tiempo, compleja metáfora de lo que intentábamos. Poco a poco todo fue tomando forma, todo fue poniéndose claro entre el vértigo y el mareo que me amarraba la mirada. Allí estaba ella, siendo movida por un impulso de adoración y de indescifrable ternura. Su cabello negro rozaba mis dedos que buscaban su nuca, que se peleaban dulcemente con labios y dientes. Sus pechos se mantenían firmes entre ese aire que nos dividía por momentos. Era un abismo el que yo sentía, un abismo diáfano pero insuficiente, un abismo que sin duda me permitiría seguirla buscando luego, porque eso era lo que allí hacía: buscarla dentro de ella, rescatarla, llenarla de mí para que fuera parte de lo que yo quería que fuera parte. De repente, se estremeció y su grito tímido abrió mis ojos y sonreían, al mismo momento, que los de ella no dejaban de mirarme. Y ahí supe, en definitiva, que no había en el mundo suficientes habitaciones para hacerle el amor que sentía por ella.

De El peso del dolor. 2010-2013

Hans Medrano (1986)

Profesional en Estudios Literarios, Universidad Nacional de Colombia. Poeta y narrador. Ha publicado diversos escritos en Ex-libris, periódico de la Feria Internacional del libro de Bogotá, en sus ediciones de 2009 y 2010, y en las revistas Gavia, de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Phoenix, 11 y 12, de la Universidad Nacional de Colombia. También ha publicado algunos de sus poemas en la revista de poesía Arquitrave, 49 (agosto de 2010) y cuentos cortos en la antología de cuento corto colombiano Perico (2011). Entre sus libros editados se encuentra Espejos y caminos. Al margen. (Bogota: Hadriaticus, 2009).

Carlos Fino

Historiador y teórico del arte. Premio Casa de las Américas 2014.