Eros Fugitivo: Hesiodo

Cipris llamaba en alta voz a su hijo Eros:

“Si alguien ha visto a Eros vagando por los

caminos, sepa que el fugitivo es mío; tendrá

una recompensa quien me indique su paradero.

Tu recompensa será un beso de Cipris.

No disfrutarás un beso solamente, si me le traes,

sino que recibirás más aún, ¡oh extranjero!

Ese niño está marcado con señales numerosas,

y le reconocerías entre veinte más. No es

blanco de cuerpo, sino semejante al fuego;

sus ojos son agudos y llameantes; su espíritu es

astuto, pero sus palabras son dulces.

No piensa lo que dice, y su voz es como miel;

pero, cuando se irrita, su espíritu es cruel y

está lleno de fraudes. No dice nada de verdad

el niño astuto y juega cruelmente.

Su cabeza está cubierta de hermosos cabellos,

pero tiene el rostro impúdico; sus manos son

pequeñas; pero lanzan flechas muy lejos,

hasta el Akerón y el rey Edes. Está todo desnudo,

pero su espíritu está escondido. Vuela como un

pájaro hacia los unos y hacia los otros,

hacia hombres y mujeres, y se asienta en sus

corazones.

Tiene un arco muy pequeño y en el arco una flecha;

esta flecha es pequeña pero penetra hasta el firmamento.

Lleva en los hombros un carcaj de oro, en el que hay

flechas amargas, con las cuales a menudo también

me hiere a mí. Todo lo que tiene es terrible; pero

más que todo, su pequeña antorcha, que quema

al propio Helios.

Si le coges, tráemele tras atarle, y no sientas

ninguna lástima; si le ves llorando, cuidate de que no

te engañe; si se ríe, átale bien, y si quisiera besarte,

huye. Su beso es malo y sus labios son de veneno.

Si dice: «Toma esto, te doy todas mis armas»,

no toques a ellas; son dones pérfidos,

y todo eso está saturado de fuego”.