Cerámica erótica mochica: la sexualidad como ritual de paso

Hablar de la sexualidad en la cultura mochica significa una pirueta de doble dificultad: de un lado no existen textos, canciones o tradiciones orales con hablantes vivos que puedan dar cuenta de los mochicas. De otro, tampoco se ha construido una tradición de estudios que sistemáticamente se acerquen al entendimiento integral de su cultura y religión. Aún los estudios se encuentran en una etapa descriptiva que impide formular interpretaciones como las que actualmente se plantean ante las culturas antiguas de Asia o el Mediterráneo. De hecho, hasta finales del siglo XIX se creía que los incas y los aztecas eran las únicas culturas antiguas americanas. Hoy se sabe que los incas son una joven civilización, recién constituida cuando arriba el conquistador Pizarro. También se conoce de la existencia de un sinnúmero de civilizaciones que durante 5000 años se asentaron a lo largo de Suramérica, siendo la primera de la cual se tiene noticia la civilización de Caral, que datados sus vestigios por carbono la ubican en el año 3000 antes de Cristo. La civilización mochica se asentó a lo largo de la costa pacífica del territorio conocido hoy como Perú, teniendo varios centros urbanos a lo largo de su existencia. Los vestigios se ubican a la margen del tiempo comprendido entre el primer siglo y el siglo octavo d. C., compartiendo su espacio cronológico con la cultura Nasca.

Ceramio moche

Ceramio moche

Gracias a esta serie de dificultades para el entendimiento de la cultura mochica y ante la reciente aparición de El Señor del Sipán, se despertó un interés mundial por esta cultura. Afortunadamente los moche dejaron una profusa cultura material que ha sido descubierta en el transcurso de las últimas décadas. Dentro de los objetos se encuentran una serie de piezas cerámicas que tienen como temática la sexualidad mochica. Son piezas explícitas, realizadas con una sofisticada técnica de alfarería que sirve como recipiente para las bebidas, además de cumplir con funciones simbólicas y rituales. Son varios los aspectos que a los ojos de un observador occidental, llaman la atención:

  • un perfecto uso y manejo de las proporciones tanto humanas como animales que le permitieron realizar modelos a escala y a su vez representa la ilusión del movimiento;
  • cumplen con el canon de proporciones que estableció Leonardo para el rostro, efectivamente, sin desconocer que los mochicas tenían sus propios sistemas de medida. Para explicar dicho fenómeno se supone un desarrollo de las matemáticas para escalar las figuras escultóricas, así como para construir sus propias pirámides (huacos), muy similares a las egipcias en cuanto a su distribución espacial y emplazamiento;
  • la funcionalidad de los recipientes que cuentan con unas asas de doble conexión en una sola boquilla y constituyen un cierre de aire que ayuda a la conservación de los líquidos, así como de manija para libar y transportar con facilidad el recipiente.

Por tanto, además de servir como pieza simbólica cumplirá con funciones pragmáticas y funciones decorativas.

La cerámica erótica mochica da cuenta de una sexualidad abierta, permitida, valorada en sus aristas de deseo, en una sociedad que vería con buenos ojos la fertilidad humana y el aumento demográfico de sus centros urbanos. Significa, en un nivel general, un triunfo frente a la presión que sobre su existencia imponía la inclemencia del desierto. En la cerámica pervive un repertorio de posiciones y posibilidades sexuales que abarca la mayoría de nuestras prácticas contemporáneas. La cultura mochica se puede catalogar como sexualmente sofisticada.

En sus niveles más específicos, una mirada detenida a ciertas piezas dan pistas de las funciones rituales que cumplió la sexualidad moche en cuanto al tópico de los sacrificios humanos y las prácticas funerarias de los grandes señores. Antes de continuar, es preciso apuntar que las siguientes líneas se la debo a la lectura de Morir para gobernar: sexo y poder en la sociedad moche, de Steve Bourget (2007), texto riguroso y descriptivo sobre las piezas que involucran la relación entre muerte y sexualidad. Bourget analiza que en las piezas eróticas enmarcadas en la ritualidad moche existen las variantes de la cópula con seres con propiedades animales y cercanos a los muertos como los hombres con rostro de mono–calavera y otras escenas con seres principales con atributos sobrenaturales que pueden ser considerados como dioses–hombres al estilo de los emperadores egipcios. Para Bourget, en la imaginación religiosa moche existen dos espacios diferenciados: un mundo de los muertos de carácter transicional en donde viven los hombres con rostro de mico–esqueleto y un mundo sobrenatural, paralelo a la existencia. La arquitectura de los huacos y su equipamiento, muy similar al que tenía un emperador egipcio, habla de la muerte como un viaje a ese mundo paralelo. La pirámide se entendía como una especie de habitáculo que salvaguarda al señor de tener contacto con los seres de la muerte y lleva un equipamiento completo para no tener que solicitar ayuda en el inframundo o el mundo de los muertos. El muerto atraviesa este mundo y renace, como si el de otro parto se tratara, en el mundo sobrenatural de la vida en donde habitan las potencias divinas.

La sexualidad que aparece en el contexto del entierro del señor principal tiene como objeto garantizar la continuidad de la vida en el viaje. Para ello, se ofrecen en inmolación a la esposa que se entierra con el señor principal. A la vez los sacerdotes realizan distintas cópulas que garantizarán el retorno de la vida o el nacimiento en el mundo sobrenatural. En uno de los dibujos de línea fina se observa a un “Principal” en cópula con una mujer. De la espalda de la mujer crece un árbol que según la iconografía moche, es el árbol al que se le ofrecían los sacrificios. Si este árbol florecía con frutos de sangre, al caer, fertilizaba las tierras en el mundo de los vivos. Por ello, la cópula y el sacrificio se encuentran inicialmente ligados a la fertilidad en el mundo de los vivos a través de una transacción mágico–ritual, en el cual los elementos a intercambiar son la cópula en la sangre.

Ceramio que muestra un parto mochica

Ceramio que muestra un parto mochica

Las otras escenas de la sexualidad ritual refuerzan esta idea y muestran a mujeres sacerdotisas en cópula con seres del mundo de los muertos. Estos fenómenos hablan de la función tributaria de la sexualidad en términos simbólicos que en el nivel de las creencias significa mantener el orden con el inframundo, que posibilita un balance energético traducido en términos de fertilidad y muerte para la comunidad. De la misma manera, las sacerdotisas practicaban sexo con los guerreros amputados de tribus enemigas, antes de ser inmolados en sacrificio para el mundo de los muertos.

Como conclusión, la función de la sexualidad en la cultura moche incluye una correcta transacción de lo ritual entre los tres mundos y tiene el rango, junto al nacimiento y al sacrificio, de ser uno de los actos rituales que transaccionan las energías entre los tres mundos y garantizan el equilibrio ritual en el terreno simbólico y, por supuesto, la supervivencia de la civilización.

Carlos Fino

Carlos Fino

Historiador y teórico del arte. Premio Casa de las Américas 2014.